Y, ¿cómo los recibimos?

marcha-paz-carlos-cordoba

Por: Wallace.

Wilson se había desmovilizado de la guerrilla en la segunda década del siglo XXI. Su suerte era incierta porque, en la natural desconfianza hacia el gobierno, sentía que dejar su herramienta principal era como desnudarse en público. Pero se arriesgó.

Nunca fue comandante en su frente, aunque sí lideró algunas acciones que derivaron en escaramuzas que permitieron dar de baja al enemigo y en las que murieron algunos de sus camaradas. Tal vez por eso fue que decidió dar un paso adelante y asumir una nueva vida fuera de la guerra. Sabía que podía iniciar una nueva etapa de su camino por la vida.

Volver a su tierra natal no era una opción. Su familia había sido desplazada y el estigma de haber sido parte de los “muchachos” impedía que la vereda lo aceptara de nuevo. Así que partió hacia otro departamento, en una zona donde podría trabajar y, con unos ahorros, comprar una parcela.

Allí conoció a Araminta, una joven mujer que destellaba inteligencia y constancia en el trabajo. Se hicieron novios y luego se casaron, mientras trabajaban en las labores de jornaleros que esa nueva vereda les ofrecía. Unas veces haciendo la limpia de los cultivos de cacao, otras en las obras de la carretera que aún no se ha terminado porque los políticos locales cobraron una excesiva comisión al contratista, que ya había creído pagar lo suficiente cuando le otorgaron el contrato.

Pero todo empezó a cambiar cuando, por alguna indiscreción de alguno de los dos, los vecinos se enteraron del pasado de Wilson. Por primera vez en mucho tiempo, volvió el abigeato, el robo de gallinas y hasta de los contadores de la luz. Incluso, algunas herramientas se refundieron. Y todos señalaron al “reinsertado” como el culpable de los hechos.

Dos años de señalamientos no fueron suficientes. Para las fiestas de fin de año de 2016, en medio de los tragos, los familiares de Araminta asesinaron a machetazos a Wilson, excusados en alguna diferencia que derivó en una discusión. Ella, desolada, piensa dejar el municipio y abandonar su importante papel como tesorera de la asociación campesina de reciente creación.

Fue solo uno. Y serán más de seis mil personas que en el lapso de siete meses, estarán retornando a sus veredas, barrios, comunas, familias. O que, como Wilson, buscarán en otras tierras ser autónomos y cambiar las balas por semillas, por un trabajo legal, por una pequeña empresa que los haga ciudadanos. No renunciarán del todo a sus ideales políticos y sociales. No serán como nosotros. Tal vez busquen ser mejores que nosotros.

¿Estamos preparados para aceptarlos? ¿Cómo los recibimos? ¿Los acusaremos de cometer cualquiera de los delitos que a diario han sucedido en este país y que no tienen nada que ver con esta parte de la guerra que se acabó? ¿Actuaremos como el hermano descrito en la parábola bíblica del “hijo prodigo”? ¿O más bien seremos como el Jesús que se interpuso entre los hombres que le arrojaban piedras a maría Magdalena?

Una invitación que tiene muchos interrogantes previos a la acción.

Un gran reto por superar.