Grito desesperado como un llamado a la sensatez

Por: Carlos Andrés Álvarez

Publicado: 22 de febrero de 2016

El millonario desfalco en REFICAR, niños que mueren por inanición en la Guajira, la tenebrosa Comunidad del Anillo, asesinatos y desapariciones en la cárcel Modelo de Bogotá, “paro armado” del ELN, problemas ambientales generados por El Quimbo, en fin; podríamos seguir avanzando en esta compilación retrospectiva vergonzante indefinidamente. Vamos dando tumbos de escándalo en escándalo, como autómatas a los que nada les duele, a los que nada puede asombrar, ni mucho menos indignar, más allá de dos o tres días.

Cada una de las situaciones mencionadas son de suma gravedad y deben ser investigadas y esclarecidas. Las entidades de control deberán establecer responsabilidades y culpables, garantizando que estos asuman las sanciones disciplinarias, fiscales y/o penales del caso.

Mas el problema más grave, y en gran medida la causa primaria de los males que nos aquejan, es que no somos capaces de hacer una reflexión de fondo para darnos cuenta que nuestra sociedad atraviesa por una profunda crisis moral, ética e institucional. Y, peor aún, que esto se nos ha convertido en algo corriente, en el estado normal de las cosas. Como sociedad asumimos que el problema no es con nosotros (y me incluyo), generándonos a nosotros mismos una incapacidad absoluta para poder hacer un ejercicio serio de autocrítica para comprender lo que nos ocurre como colectivo.

Asumimos que aquellos problemas se originan y son causados por instituciones oscuras, por un Estado disfuncional y mal administrado, por gobernantes ineficientes, por grupos al margen de la ley, por el narcotráfico, por políticos corruptos, por empresarios inescrupulosos y por todo aquel en el que podamos proyectar nuestro cinismo, nuestra falta de solidaridad y nuestra indolencia, para ocultarlos a nuestros propios ojos negarnos ineludiblemente que también somos responsables de ellos. Hemos optado por tapar el sol con las manos, desconociendo que somos parte del problema y también de la solución.

No se trata del gobierno de turno, de la persona quien dirige x o y entidad pública o privada, ni de que el Congreso no represente en absoluto los intereses de quienes lo eligieron. La generalización representa el facilismo en el que debemos evitar caer a toda costa. En cada gobierno, en cada entidad y en cada empresa existen varias personas excelentes, muchísimas buenas y otras cuantas que no lo son tanto. La génesis del proceso crónico de degradación por el que atraviesa Colombia está en el ADN mismo de nuestra cultura política y social, que permite que esos líderes negativos sean los que impongan antivalores sobre el conjunto y los principios que representan el bien común.

Es triste encontrar en las redes sociales los cibernautas simplemente nos limitamos a opinar sobre temas puntuales como si Vicky Dávila actuó de acuerdo a la ética periodística o no (lo cual, sin lugar a dudas, puede ser cuestión de debate), pero sin ir más allá, sin afrontar el problema de fondo, y sin exigir como sociedad que dejen de pisotear nuestra dignidad todos los días. Mañana otro escándalo surgirá, una nueva cortina de humo nos será impuesta con el fin de distraer nuestra atención, logrando así que olvidemos cada uno de los agravios previos. Es una lógica macabra que se recrea incesantemente y cada vez con más intensidad, con el vértigo que imponen la inmediatez que rige a las redes sociales y a los medios de comunicación. Somos la sociedad de los perritos…. vamos tranquilos por la vida…. echándole tierrita a nuestra propia mierda o dejando que alguien lo haga por nosotros ya pensando en en la siguiente cagada.

Mas allá de la típica y poco factible solución de exigir que protestemos en las urnas para no elegir – una vez más – a los mismos con las mismas, confieso, no se me ocurre ninguna otra alternativa. Yo, al igual que la mayoría de ustedes, estoy inmerso en medio de todo esto y cooptado por las dinámicas perversas que se han impuesto. Pero, como decía algún comercial que nos invitaba a la reflexión ética, para estar bien hay que comenzar por reconocer lo que está mal.

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