En una cafetería del centro de Bogotá

Por: Álvaro Castañeda

Publicado: 01 de octubre 2014

Para Carlos el día empezó como cuIMG_4430alquier otro, muchos deseos y poco dinero en el bolsillo, muchos sueños pero aún más dificultades, salió de su casa a buscar qué hacer, lo que jamás imaginó fue que entre cafés de mala calidad por primera vez la vería a ella, sentada con miedo y frio, soportando al que parecía ser su jefe y quien presumía de pagar la cuenta que incluía huevos con arroz del día anterior, trato de captar su mirada pero no lo logró, el sentimiento que a ella agobiaba no le permitía levantar la mirada, de repente su tinto llegó, poniendo más azúcar de la necesaria para suavizar la amarga bebida se levantó y con tres monedas de $200 pagó.

Salió caminando por la avenida Jiménez hacia el oriente, mirando a Monserrate, recordando que su padre lo llevo a montar  en el teleférico antes de abandonarlo a él y a su mamá, quien nunca antes de ese momento había trabajado y ahora se ganaba la vida como empleada doméstica por días, llegó a la carrera séptima y se encontró con Don César, exjefe de su ausente padre y comisionista de esmeraldas, quien le ofreció ganarse tres mil pesos si le llevaba su Toyota al lavadero y la traía de regreso, sin pensarlo aceptó, eso ya significaba medio almuerzo. Mientras esperaba que el lavador terminara su trabajo con un vallenato de los inquietos como música de fondo, de esos que dicen para el doctor Lacutir (tal y como suena), vio en el vidrio de la cafetería del lugar un aviso de trabajo para un mensajero en bicicleta; ahí recordó que don Antonio, hincha de millonarios no le había pagado la apuesta de $50.000 pesos del clásico que los azules habían perdido, y que seguramente no se iba a hacer realidad con un “moradito” pero él tenía una “todoterreno” oxidándose en el patio del inquilinato donde pagaba una pieza con su mamá en el barrio las Cruces, así que una vez entregó el vehículo a su ciudad se fue a negociarla, convencido de que iba a conseguir el trabajo, logro tenerla por $80.000, debiendo el resto con compromiso de pago a un mes. Compró una hoja de vida minerva 10-3 y diligenciada se fue por él que creía iba a ser su nuevo trabajo.

Al llegar a la dirección encontró una litografía, la cual exhibía detrás de un plástico amarillo y polvoriento muestras de tarjetas de matrimonio, grados y bautizos. Dijo: buenas y escuchó detrás del ruido de las máquinas “un momentico por favor”, de repente apareció esa mujer, ella la que se veía asustada en la mañana en la cafetería. Estaba discutiendo porque un cliente de Bucaramanga no quería enviar el resto del dinero de unas tarjetas porque el matrimonio se había cancelado, después de colgar él dijo que venía por el trabajo de mensajero, ella sin saludarlo ni responderle llamó a su jefe, quien después de mirar su contextura física y el deprimente estado de su bicicleta le explicó que su trabajo consistía en hacer vueltas de bancos, comprar insumos en el barrio Ricaurte y entregar pedidos, le pagarían $25.000 el día más el almuerzo en el restaurante de Doña Otilia, aceptó de inmediato, no motivado por el sueldo, sino por el sueño  que esa mujer tarde o temprano estaría compartiendo domingos en el parque de los novios con él. Pasaron los días pero no lograba captar su atención, ella solo enviaba mensajes de texto y de vez en cuando respondía llamadas de sus amigos arreglando la salida de los viernes a “cuadra picha”. El cada vez más creía que no podría captar la atención de Yuli, quien solo le hablaba por razones laborales.

Hasta que un viernes el destino sonrió, tuvo que pedalear hasta el parque de la 93 para entregar unas tarjetas, Don Saúl su jefe le había dado $3.400 para que fuera en Transmilenio, pero como el trabajo estaba suave decidió ahorrarse lo de los pasajes y pedalear por toda la caracas hacia el norte, allá llego a la oficina de un hombre joven y bien vestido, preguntó por Don Santiago Uscategui a su asistente, quien con una mirada déspota le cuestionó para qué necesitaba al Doctor, él le dijo que venía a entregar unas tarjetas que le mandaba Eugenia Ramos, Santiago escuchó y exclamó: dígale que siga, ella es mi wedding planner, al entregarle el trabajo el quedó sorprendido y le dio $20.000 de propina, desconociendo que Carlos no trabajaba para la organizadora de eventos, ni siquiera la conocía, solo que ella tercerizaba sus pedidos de tarjetas con Don Saúl. Al volver a la oficina escuchó a Yuli discutir con la persona con quien salía, porque este supuestamente debía trabajar el viernes hasta tarde, haciendo el balance contable del mes en la empresa que trabajaba como auxiliar del departamento financiero. Ella entre lágrimas de rabia y frustración miró a Carlos y revisó que el comprobante de entrega estuviera firmado, el a sabiendas que contaba con $23.400 de más en su bolsillo la invitó a tomarse una cerveza en el Chorro de Quevedo, ella aceptó pues su única alternativa si lo rechazaba era irse a ayudarle a su mamá a armar los merengones que vendían en un Renault 6 los sábados y domingos por la 80 en la vía a Siberia.

Esa noche Carlos supo que era sentir lo que su hermana quien vivía en Pitalito Huila, escribía en Facebook de tener mariposas en el estómago, después de tomarse una póker, tomaron chicha y ella que tenía frio lo tomó de la mano, caminaron hasta la estación de las aguas donde ella tomaba el bus, y ahí por efecto del alcohol y en medio de universitarios algo drogados ocurrió su primer beso. Carlos continuó trabajando duro y pasó a trabajar con Eugenia la wedding planner, quien le prestó $1.200.000, con letras de cambio firmadas y así pudo comprar una moto AKT, en la que recogía a Yuli desde la estación de Universidades para llevarla a la litografía, pues ya eran novios, y de ahí recorría todos los lugares de eventos en Bogotá y alrededores como escudero de su nueva jefe.

Seis meses después Carlos recibió un mensaje de texto de Yuli con solo una palabra “retraso”, su felicidad era tal que no pudo contener las lágrimas y abrazó al policía que le ponía un comparendo por giro indebido, este le dijo que de baby shower le rebajaba el parte, Carlos ahora tenía EPS y caja de compensación, así que aplicaron a un subsidio para un apartamento en la ciudad verde, donde viven juntos, completamente endeudados pagando la cuota de la tarjeta Codensa, amoblando su hogar para la llegada de James (así como se escribe) su primogénito.

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