¡Vale la pena vivirlo!

Por: Diana Cortés Casas

Publicado: 29 de julio de 2014

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Jamás pensé que el mejor regalo que podría darle a un niño fuera un libro, siempre imaginaba que sería perder mi dinero y que vería cómo se dejaba al olvido y se arrumaba junto con otros tantos que pudo haber recibido en un tiempo atrás. Siempre creí que si quería hacer feliz a un niño en su cumpleaños o quizá en una navidad, debía pensar en un regalo que fuera sorprendente para él, algo así como una Tablet, un celular de alta gama o un Play Station, pues lastimosamente esas son las exigencias de algunos de nuestros niños de hoy. 

A pesar de tener este pensamiento rodeando mi cabeza, siempre he creído que las cosas pueden ser diferentes, o mejor dicho, que todos podemos hacer que sean diferentes, es entonces cuando al ser invitada por mis amigas Lorena Castañeda y Andrea Camargo, decidí acompañar a la Fundación Jornal a una de sus entregas de ¡Una Biblioteca Para El Futuro!. Debo confesar que al principio no entendía muchas cosas y no le encontraba sentido a otras, pues iba con un pensamiento desalentador de ver como tantos niños en nuestro país desperdician comida, juguetes y materiales educativos, sin valorar ni darle la importancia que merecen estas cosas cuando sabes que hay muchos otros que no tienen la posibilidad de siquiera adquirirlos; la verdad me preguntaba ¿Será que les va a gustar todo esto? ¿Valdrá la pena todo el trabajo realizado? ¿Botarán a la basura todo este esfuerzo?, en fin, los interrogantes eran miles pero saldría de dicho evento con la respuesta a cada uno de ellos. 

Durante la entrega de la biblioteca en la sede Paramito comprendí muchas cosas, una de ellas fue lo equivocada que estaba respecto de lo que podría hacer feliz a un niño, ver todos esos rostros con sonrisas infinitas, escuchar palabras de agradecimiento y bendiciones, oír gritos de emoción y darme cuenta como cada niño disfrutaba y compartía los libros que les habían sido entregados, me hizo entender que esa era la solución que tanto hemos estado buscando, la solución a la pobreza que nos abarca y sobre todo la solución a la violencia que nos asecha. Al terminar la jornada salí de allí con un sentimiento de satisfacción que jamás había sentido en mi vida, tanto así que me gustó comer sancocho de  gallina, y lo confieso, ¡no me gusta la gallina!, pero ese día fue el plato más delicioso que me he comido en años, pues venía acompañado de una increíble satisfacción por el deber cumplido, por acabar con el pensamiento que llevaba y darme cuenta que la falta no es de ganas de aprender sino de elementos e inversión que contribuyan con ello, pero sobre todo, satisfacción por hacer la diferencia y demostrarle al mundo que la educación es el arma más poderosa para acabar con esta guerra que nos lastima.

Vivimos pensando en qué podríamos hacer para crear un mundo diferente, para cambiar el que tenemos y dejarle algo casi perfecto a nuestras próximas generaciones, pero no nos damos cuenta que tenemos la respuesta al frente de nuestros ojos. Es tan simple como contribuir en una tarea como esta, una labor llena de pasión y de ganas por construir un futuro mejor cuya base fundamental sea la educación de nuestros pequeños, pues es claro que con ella lograríamos la tan anhelada paz de la que se habla hoy en día y sacaríamos de la guerra esos corazones soñadores que nos demuestran que el amor por aprender y educarse, es el motor de un futuro prometedor.   

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