El precio de ser pobre, primera entrega

Por: Jairo Silva

Publicado: 30 de julio de 2012

Redacción Jornal

 

José Armando es un desplazado de aquellos que vemos todos los días con un “zorro” sobre sus hombros. Casi 250 kilos diarios de basura se convierten en su base económica, que le sirve para mantener a sus cuatro hijos propios y los otros cinco, hijo de su compañera sentimental. Con ellos paga una pieza diaria y compra los alimentos que le deben dar la energía necesaria para trabajar, para pagar, para comer, para tener fuerzas para volver, como lo dice Skampida.

Con nueve hijos y un promedio de 19 horas de trabajo, es casi imposible aplicar eso de las buenas pautas de crianza. La mayoría de los niños estudian, por lo menos los cuatro propios lo hacen, pero en vacaciones lo acompañan en sus recorridos por las calles en la labor del reciclaje. Su esposa y madre biológica de los niños, fue asesinada por las FARC en la época de las marchas campesinas de mediados de los años noventa. Luego, cuando llegó a la capital del departamento, los paramilitares le dijeron que era informante de la guerrilla y por ello decidió arribar a Bogotá hace 10 años, encontrando en las canecas y bolsas plásticas, una buena forma de sobrevivir. Lo intentó en la “rusa”, pero el pago no era frecuente y los riesgos muy altos.

Pasa por mi barrio los días lunes, miércoles y viernes, antes del paso del camión de la empresa de aseo. Esta vez fue diferente. Tenía el rostro golpeado, la nariz chueca y so ojo morado. Me dijo que había sido atacado por tres personas que intentaron robarle el “zorro” –que hay que decirlo, tiene un costo de 250 mil pesos. Una semana después, la historia cambió y para mal. No había sido un intento de atraco y lo que me contó luego fue una serie de eventos que pueden resultar increíbles.

Una de sus hijastras tenía el comportamiento típico de una adolescente, de una joven que no ve la necesidad de estudiar porque lo importante es tener, así como los que pueden tener, tienen. Por algunas temporadas, se iba de la pieza en la que vivían por días o semanas, volviendo sólo para pedir dinero o despreocupar a su madre. Esta vez, volvió con dinero, nuevos amigos (emos, según José Armando), nueva pinta y la seguridad que provee el sentimiento de sentirse parte de algo. Pero eso no sedujo a su hermanastro, hijo biológico de José Armando, quien le advirtió sobre esta nueva visita de la joven. José Armando no le creyó y sólo tuvo oportunidad de comprobar este error con un hecho que aún  no le cabe en la cabeza.

Una tarde, frente a la puerta de su pieza y al lado de aquella que alquilaron su hijastra y sus nuevos amigos, vio lo que nunca imaginó: la hijastra intentaba besar en la boca a uno de sus hijos, mientras una amiga hacía lo mismo con uno de sus hijastros. No lo podía creer. ¿Cómo hacían eso con unos niños? ¿Por qué le decían que debían hacer eso? Sólo le quedó esperar y así lo hizo hasta la noche, cuando los invitó a comer algo en una tienda cercana. Los enfrentó y les preguntó qué pasaba entre ellos y las nuevas inquilinas, a lo cual ellos guardaron silencio. Y la duda creció.

Sus indagaciones le permitieron saber, a través de su hija biológica, que en el cuarto en el que vivían los “emos” se encontraban jeringas y celulares. ¿Y eso qué hace ahí? ¿De dónde salieron? ¿Por qué el líder del grupo siempre invitaba a la familia a comer pollo y gaseosa, cuando eso no se hace sino dos veces al año?  Con este hecho, iniciaría un camino sin retorno para José Armando, otra vez…

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