Nuestro invitado de los miércoles: La caja de pandora

Por: Mauricio Ortiz

Publicado: Enero 25 de 2012

 

Hace algunos días recordé una de las célebres consignas de Mayo del 68 que, junto a otros compañeros de la Universidad, colgamos en las paredes del Claustro hace unos años a manera de conmemoración por el aniversario del que fuera uno de los movimientos estudiantiles más imaginativos e influyentes del siglo pasado. La máxima, “Prohibido prohibir”, reapareció entre mis recuerdos  como un hipervínculo activado por su relación con el tema en discución.

El anuncio del Alcalde Gustavo Petro de retirar el apoyo ocifial a la temporada taurina en Bogotá reabría el eterno debate sobre la prohibición de las corridas de toros. Un debate plagado de lugares comunes en ambos extremos de la controversia, que ha dejado de lado lo que encierra aquella frase grafiteada por estudiantes en los muros de París.

Lo que el tema de las corridas pone sobre la mesa, como cualquiera en el que esté de por medio la disputa sobre una eventual prohibición, es más trascendental de lo que se cree. Se trata, esencialmente, de una discusión sobre el tamaño del Estado y sobre el modelo de sociedad deseado. Es, por tanto, un debate ideológico en su sentido más puro y excede, por el mismo motivo, las consideraciones sobre el maltrato animal y el arraigo cultural de las corridas.

Así lo expusó en 2010 Albert Rivera, Diputado en el Departamento de Cataluña, cuando dicha discusión tomaba lugar en el seno del parlamento de su región: “La realidad es que estamos abriendo una caja de Pandora de un modelo de sociedad. Es legítimo que a uno no le gusten los toros, es legítimo que uno quiera que la gente no vaya a los toros, es legítimo que la gente quiera que prohiban los toros pero los legisladores que están aquí que tienen que saber que no estamos hablando de aficiones, sino de modelos de sociedad.”

La prohibición es la represión por antonomasia. Ata cualquier decisión que comporte a una imposición que, al repetirse, evoca los totalitarismos utópicos de Orwell, Huxley y Bradbury, quienes se atrevieron a imaginar ¿O predecir? sociedades caracterizadas por el autoritarismo y las restricciones.

Las prohibiciones deben ser excepcionales por principio y nuestra sociedad parece pasar cada día más trabajo recordándolo. Escudados en la causa que defienden, los prohibicionistas dan origen a lo que el escritor Juan Esteban Constaín denominó lúcidamente “el fascismo de las buenas intenciones” en una columna a este respecto.

El afán prohibicionista es hijo de la mentalidad facilista de acuerdo con la cual las problemáticas sociales pueden resolverse a punta de leyes. Pero las corridas de toros, al igual que los problemas fundamentales en nuestro país, deben acabarse por consenso social, no por decreto. Las verdaderas transformaciones deben recaer en procesos sociales y no exclusivamente en normas. El punto, en otras palabras, no es que el Estado prohiba, sino que la sociedad evolucione. De lo contrario, simplemente se reemplazarán las protestas de unas hordas enfurecidas tridentes y antorchas en mano por otras. Y seguirá saliendo de nuestra caja de Pandora una lista interminable de prohibiciones que se unan a las corridas, donde actualmente hacen fila los graffitis en Bogotá y los portales gratuitos de películas y series online.

Por ahora, como escribió el mismo Orwell, no queda más que extender el área de la cordura poco a poco.

 

 

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